Santa Ella(PARA LEER LAS POESÍAS HACER CLIC SOBRE LAS MISMAS)
CARTA A UN SER DESPRECIABLE:
Mi gran enemigo, Francisco:
"Sorprendentemente" sentí la necesidad de escribir esta carta, amigo de ayer, porque aún no has aclarado la razón de tu mediocridad, de tu maldad exagerada y, que en el fondo de mi alma chamuscada, aunque no sólo por tí, necesito que se me ponga en palabras para ver si consigo entender esta especie de asesinato hacia quien te tendió la mano cuando el destino te había puesto a caminar sobre el filo del precipicio.
Te conocí cuando más solo estabas, y al tratarte sentí que sólo eras un pobre hombre perdido, falto de cariño y de amistad... ¡De lo esencial! Me conmovió tanto tu sufrimiento interior que, junto al convencimiento de que eras una buena persona, te abrí la puerta de mi casa, ya que no tenías donde ir, deseando ayudarte y compartir contigo todo lo noble, propio del síntoma de amistad sana que yo sentía. ¡Qué desgracia, hombre!
A lo largo de unos dos años convivimos compartiéndolo todo, tal y cómo hacen dos buenos amigos. Jamás sospeché cuánto en tu mente carcomida por las heridas de la vida, o tal vez por la maldad que nunca vi, lo que acabarían haciendo, como pago a quién te trató, más que como amigo, como hermano.
Yo esperaba un juicio, cuando mi hija, maltratada por su marido, regresó a mi vida y, a ellos también les abrí la puerta de mi casa al tiempo que mis brazos llenos de amor. Su marido se fué, y tú, ella y su niña, y yo, quedamos conviviendo como una familia, que yo sustentaba, por amor y amistad.
Por fin llegó el día del juicio con los antiguos inquilinos de mis negocios y, aunque nadie pensaba que pudiera ocurrir nada desagradable, gracias a la poca valía del abogado, y al orgullo de un juez quién había sido policía, ingresé en prisión. En casa quedaste tú, mi hija y su niña junto a una fortuna en las cajas fuertes, una fortuna en joyas y en obras de arte, amén de mi apoyo para que viviérais gracias a lo mío... ¡Nada te pedí; tan sólo que cuidaras y respetaras a mi hija y a su niña hasta que yo regresara a casa!
Al principio tanto tú como mi hija me visitábais en la antigua cárcel de Carabanchel y, hasta me decías que estabas intentando sacarme de aquel infierno, al que yo había llegado injustamente. Pero pronto vi como os separabais de mi y, cómo algo, lo noble, desaparecía de vuestras intenciones hasta que me dejásteis abandonado en aquel cielo de diablos, a mi suerte, sin que yo pudiera entender, ni hacer nada por haceros razonar... ¡Tanta crueldad, aún hoy no lo entiendo y, un día u otro tendrás que explicármelo junto a todo lo demás!
Pasé tres largos años encerrado, sin ayuda alguna y, sin poder disponer de mi fortuna personal, ya que yo estaba allí, y vosotros libres y lejos de mi realidad... ¡Cuando por fin, gracias a mi lucha personal, conseguí salir de permiso, acompañado por un juez amigo personal, Derechos Humanos y unos amigos, descubro que en mi casa faltaba todo. Las cajas fuertes estaban abiertas y vacías. Los joyeros también, y las cosas de valor faltaban todas!
¡¡No podía dar crédito a tanta barbarie...!! ¡¡No podía entender y, aún no lo entiendo hoy, cómo se puede ser tan ruín, aunque aún faltaban detalles por descubrir!!
Con ayuda de los pocos amigos que quedaban y, por otros medios que no vienen al caso en estos momentos, descubro que habías publicado sin que yo lo supiera, tres novelas mías que negociaste egoistamente.
Que mi hija era una drogadicta ¡cuando era impensable que ella pudiera acercarse a ese mundo... y a otros que no quiero nombrar...!
Que tú, que no tenías trabajo y ni un duro en el bolsillo, te habías comprado un coche de lujo, un chalet en Torrevieja y... mil cosas más.
Tú, que no cesabas de alabarte a ti mismo como el mejor amigo y el más agradecido, habías traído a mi mundo la mayor de las desgracias, como pago a la realidad de mi buena fe y amistad hacia tí.
Desapareciste, Francisco. Huiste como lo que eres: un cobarde, una nenaza que abusó, no solamente de mi amistad, sino de la ingenuidad de una niña de dieciocho años, una inocente que confió en tí, para su desgracia.
Si, desapareciste, pero yo no he dejado de buscarte, según ley, aunque aún no te haya encontrado... ¡Pero lo conseguiré, es cuestión de tiempo! ¡¡Un día u otro, tendrás que hacer cuentas y explicarme quién y cómo metió a mi hija en el mundo de la droga, sobre todo!! Pero también, todo lo demás ¡Por ser de justicia!
De mi casa, lo llevaste todo. Tan sólo dejaste, en el cajón donde yo solía dejar las cosas de mano, seis cajas de somníferos... (Una invitación al suicidio cuando descubriera la realidad en mi casa)
Curiosamente no tiré esas seis cajas de somníferos ni pensé en tomármelas. Fué mucho más tarde, cuando ocurrieron otras cosas muy fuertes por vuestra culpa, y por culpa de las tormentas sembradas por vosotros, cuando decidí abandonar este mundo tan injusto y cruel como vosotros, y decidí tomarme todo lo dejado por tí, más otras que yo busqué para asegurar la despedida de este mundo... Pero el destino no lo quiso así, y tras veintisiete días en coma profundo, regresé a la vida.
El destino aún tenía sorpresas, Francisco, por las que todavia hoy te sigo persiguiendo: Un buen día, después de años, cuando tal vez pensases que ya no existía peligro para tí, llegó a casa, a tu antigua dirección, tal vez por equivocación, cartas de dos editoriales... Tú, que me habías robado unos manuscritos de novelas escritas por mí, intentabas publicarlas a tu nombre, para seguir presumiendo de lo que no eres, ¡esta vez como escritor! Ciertamente aluciné de nuevo con tu forma de ser, e inmediatamente se las llevé a mi abogado.
No obstante, sabía que era cuestión de tiempo que tú te enteraras de la confusión de direcciones por parte de las editoriales, con las que tú habías contactado. Y así fué, para más sorpresa y demencia por tu parte.
Sospecho yo, que al no tener respuesta por tu parte, las editoriales reaccionarian y descubririan que las habían enviado a una dirección antigua, equivocada y, que cuando te lo hicieran saber, tú harías algo al respecto; intentar recuperarlas como fuera.
Para ello pensante en otro plan:
A): Espiar mis entradas y salidas de casa.
B): Puesto que era época de vacaciones, todo el mundo estaría fuera, y yo, no habría tenido tiempo de hacer nada ¡Pero te equivocaste!
Así pues, cuando yo salí de casa a almorzar con un profesional del mundo del arte, calculaste unas tres o cuatro horas para entrar de nuevo en mi casa, buscar los comunicados de las editoriales, más cuánto pudieras encontrar que te pudiera perjudicar y evitar así que pudiera demostrar tus locuras y tejemanejes... ¡Pero te salió mal! Por suerte o por desgracia había olvidado mi medicación en casa, por lo que tuve que regresar, para tu mal.
Percibí con claridad cómo dos indivíduos, tus compinches, hablaban por el móvil desde la esquina del edificio (supuestamente avisando de mi llegada). Al entrar en el portal percibí susurros en la escalera, supuestamente vosotros esperando que yo desapareciera en el interior del ascensor para salir presurosos. Con la mala suerte para tí, ya que mi acompañante tras aparcar el coche y dirigirse al portal, te vió; os vió.
El piso había sido desmantelado, de nuevo. Te llevaste documentación, pero sólo eran fotocopias ya que los originales ya estaban en poder de mis abogados. No obstante, te llevaste cuanto pudiste, y rompiste otras cosas, como pudo comprobar la policía.
Pero, además, Francisco, con las prisas para no encontrarte conmigo, dejaste tu chaqueta colgada del arpa, con tu ADN como es natural, pero además con cosas que te comprometían en los bolsillos, entre las que se encontraban unas cuantas balas del 9 Parabellum.
¡Qué sorpresa...! ¿Tienes además pistola...? ¿Tenías pensado usarla...? ¡Ciertamente, amigo de ayer, nunca he sabido realmente quién eras...! Puedes presumir de que me has engañado con facilidad.
Bueno, mi buen enemigo. Nunca he usado la fuerza para pararte los pies, ni para obligarte a darme la explicación que necesito que hagas. He ido, y voy, por lo legal. Y, por lo legal, responderás. Pero sigo pensando que debes darme una explicación, un día; y lo tendrás que hacer:
Quiero saber. Necesito que me expliques cómo mi hija entró en el mundo de la droga... Supongo que fué un plan para enloquecerla y así poder apropiarte de todo, pero quiero oírtelo decir a tí. ¡Necesito mirarte a los ojos, y oír cómo respondes a mis preguntas: Tú y yo, solos, sin armas y sin esos amigos con los que planeaste entrar en mi casa. Necesito que me expliques, tu satisfacción personal, al destrozar para siempre a una chica indefensa y muy vulnerable, enloqueciéndola y trastornando su personalidad, tal vez para siempre, y dejarla tirada en la calle después de apropiarte de todo. Es eso lo que quiero que me expliques y, créeme, no pararé hasta no tenerte frente a mí, y oirtelo explicar. Lo demás, aunque importante, tiene menos importancia en mi forma de ser y de sentir.
Siempre has huido, yo no. Sigo en la misma dirección de siempre; y no he dejado de perseguirte, con la verdad en la mano como única arma, y lo seguiré haciendo hasta que me expliques cuánto no sabes o no te atreves a explicar.
Sé cuánto has intentado razonar para librarte de toda responsabilidad, pero tú y yo sabemos que mientes ¡Quien no tiene nada que esconder, no tiene que huir...! Puedes intentar deformar las verdades, pero jamás las conciencias. Puedes esconderte, pero la verdad te perseguirá porque es mía y real... ¡Puedes esconderte en el silencio esperando que todo caduque, pero muchos como yo, no aceptamos la caducidad de los delitos cuando existieron y destrozaron una vida. Me estoy refiriendo a la de mi hija, y por ser de ella, a pesar de los pesares, no caduca en el registro de mi mente y corazón.
Sigo esperando esa explicación, hasta entonces, "buen hombre", no te mueras para no tener que perseguirte más allá de la vida.
Nada

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Mi gran enemigo, Francisco:
"Sorprendentemente" sentí la necesidad de escribir esta carta, amigo de ayer, porque aún no has aclarado la razón de tu mediocridad, de tu maldad exagerada y, que en el fondo de mi alma chamuscada, aunque no sólo por tí, necesito que se me ponga en palabras para ver si consigo entender esta especie de asesinato hacia quien te tendió la mano cuando el destino te había puesto a caminar sobre el filo del precipicio.
Te conocí cuando más solo estabas, y al tratarte sentí que sólo eras un pobre hombre perdido, falto de cariño y de amistad... ¡De lo esencial! Me conmovió tanto tu sufrimiento interior que, junto al convencimiento de que eras una buena persona, te abrí la puerta de mi casa, ya que no tenías donde ir, deseando ayudarte y compartir contigo todo lo noble, propio del síntoma de amistad sana que yo sentía. ¡Qué desgracia, hombre!
A lo largo de unos dos años convivimos compartiéndolo todo, tal y cómo hacen dos buenos amigos. Jamás sospeché cuánto en tu mente carcomida por las heridas de la vida, o tal vez por la maldad que nunca vi, lo que acabarían haciendo, como pago a quién te trató, más que como amigo, como hermano.
Yo esperaba un juicio, cuando mi hija, maltratada por su marido, regresó a mi vida y, a ellos también les abrí la puerta de mi casa al tiempo que mis brazos llenos de amor. Su marido se fué, y tú, ella y su niña, y yo, quedamos conviviendo como una familia, que yo sustentaba, por amor y amistad.
Por fin llegó el día del juicio con los antiguos inquilinos de mis negocios y, aunque nadie pensaba que pudiera ocurrir nada desagradable, gracias a la poca valía del abogado, y al orgullo de un juez quién había sido policía, ingresé en prisión. En casa quedaste tú, mi hija y su niña junto a una fortuna en las cajas fuertes, una fortuna en joyas y en obras de arte, amén de mi apoyo para que viviérais gracias a lo mío... ¡Nada te pedí; tan sólo que cuidaras y respetaras a mi hija y a su niña hasta que yo regresara a casa!
Al principio tanto tú como mi hija me visitábais en la antigua cárcel de Carabanchel y, hasta me decías que estabas intentando sacarme de aquel infierno, al que yo había llegado injustamente. Pero pronto vi como os separabais de mi y, cómo algo, lo noble, desaparecía de vuestras intenciones hasta que me dejásteis abandonado en aquel cielo de diablos, a mi suerte, sin que yo pudiera entender, ni hacer nada por haceros razonar... ¡Tanta crueldad, aún hoy no lo entiendo y, un día u otro tendrás que explicármelo junto a todo lo demás!
Pasé tres largos años encerrado, sin ayuda alguna y, sin poder disponer de mi fortuna personal, ya que yo estaba allí, y vosotros libres y lejos de mi realidad... ¡Cuando por fin, gracias a mi lucha personal, conseguí salir de permiso, acompañado por un juez amigo personal, Derechos Humanos y unos amigos, descubro que en mi casa faltaba todo. Las cajas fuertes estaban abiertas y vacías. Los joyeros también, y las cosas de valor faltaban todas!
¡¡No podía dar crédito a tanta barbarie...!! ¡¡No podía entender y, aún no lo entiendo hoy, cómo se puede ser tan ruín, aunque aún faltaban detalles por descubrir!!
Con ayuda de los pocos amigos que quedaban y, por otros medios que no vienen al caso en estos momentos, descubro que habías publicado sin que yo lo supiera, tres novelas mías que negociaste egoistamente.
Que mi hija era una drogadicta ¡cuando era impensable que ella pudiera acercarse a ese mundo... y a otros que no quiero nombrar...!
Que tú, que no tenías trabajo y ni un duro en el bolsillo, te habías comprado un coche de lujo, un chalet en Torrevieja y... mil cosas más.
Tú, que no cesabas de alabarte a ti mismo como el mejor amigo y el más agradecido, habías traído a mi mundo la mayor de las desgracias, como pago a la realidad de mi buena fe y amistad hacia tí.
Desapareciste, Francisco. Huiste como lo que eres: un cobarde, una nenaza que abusó, no solamente de mi amistad, sino de la ingenuidad de una niña de dieciocho años, una inocente que confió en tí, para su desgracia.
Si, desapareciste, pero yo no he dejado de buscarte, según ley, aunque aún no te haya encontrado... ¡Pero lo conseguiré, es cuestión de tiempo! ¡¡Un día u otro, tendrás que hacer cuentas y explicarme quién y cómo metió a mi hija en el mundo de la droga, sobre todo!! Pero también, todo lo demás ¡Por ser de justicia!
De mi casa, lo llevaste todo. Tan sólo dejaste, en el cajón donde yo solía dejar las cosas de mano, seis cajas de somníferos... (Una invitación al suicidio cuando descubriera la realidad en mi casa)
Curiosamente no tiré esas seis cajas de somníferos ni pensé en tomármelas. Fué mucho más tarde, cuando ocurrieron otras cosas muy fuertes por vuestra culpa, y por culpa de las tormentas sembradas por vosotros, cuando decidí abandonar este mundo tan injusto y cruel como vosotros, y decidí tomarme todo lo dejado por tí, más otras que yo busqué para asegurar la despedida de este mundo... Pero el destino no lo quiso así, y tras veintisiete días en coma profundo, regresé a la vida.
El destino aún tenía sorpresas, Francisco, por las que todavia hoy te sigo persiguiendo: Un buen día, después de años, cuando tal vez pensases que ya no existía peligro para tí, llegó a casa, a tu antigua dirección, tal vez por equivocación, cartas de dos editoriales... Tú, que me habías robado unos manuscritos de novelas escritas por mí, intentabas publicarlas a tu nombre, para seguir presumiendo de lo que no eres, ¡esta vez como escritor! Ciertamente aluciné de nuevo con tu forma de ser, e inmediatamente se las llevé a mi abogado.
No obstante, sabía que era cuestión de tiempo que tú te enteraras de la confusión de direcciones por parte de las editoriales, con las que tú habías contactado. Y así fué, para más sorpresa y demencia por tu parte.
Sospecho yo, que al no tener respuesta por tu parte, las editoriales reaccionarian y descubririan que las habían enviado a una dirección antigua, equivocada y, que cuando te lo hicieran saber, tú harías algo al respecto; intentar recuperarlas como fuera.
Para ello pensante en otro plan:
A): Espiar mis entradas y salidas de casa.
B): Puesto que era época de vacaciones, todo el mundo estaría fuera, y yo, no habría tenido tiempo de hacer nada ¡Pero te equivocaste!
Así pues, cuando yo salí de casa a almorzar con un profesional del mundo del arte, calculaste unas tres o cuatro horas para entrar de nuevo en mi casa, buscar los comunicados de las editoriales, más cuánto pudieras encontrar que te pudiera perjudicar y evitar así que pudiera demostrar tus locuras y tejemanejes... ¡Pero te salió mal! Por suerte o por desgracia había olvidado mi medicación en casa, por lo que tuve que regresar, para tu mal.
Percibí con claridad cómo dos indivíduos, tus compinches, hablaban por el móvil desde la esquina del edificio (supuestamente avisando de mi llegada). Al entrar en el portal percibí susurros en la escalera, supuestamente vosotros esperando que yo desapareciera en el interior del ascensor para salir presurosos. Con la mala suerte para tí, ya que mi acompañante tras aparcar el coche y dirigirse al portal, te vió; os vió.
El piso había sido desmantelado, de nuevo. Te llevaste documentación, pero sólo eran fotocopias ya que los originales ya estaban en poder de mis abogados. No obstante, te llevaste cuanto pudiste, y rompiste otras cosas, como pudo comprobar la policía.
Pero, además, Francisco, con las prisas para no encontrarte conmigo, dejaste tu chaqueta colgada del arpa, con tu ADN como es natural, pero además con cosas que te comprometían en los bolsillos, entre las que se encontraban unas cuantas balas del 9 Parabellum.
¡Qué sorpresa...! ¿Tienes además pistola...? ¿Tenías pensado usarla...? ¡Ciertamente, amigo de ayer, nunca he sabido realmente quién eras...! Puedes presumir de que me has engañado con facilidad.
Bueno, mi buen enemigo. Nunca he usado la fuerza para pararte los pies, ni para obligarte a darme la explicación que necesito que hagas. He ido, y voy, por lo legal. Y, por lo legal, responderás. Pero sigo pensando que debes darme una explicación, un día; y lo tendrás que hacer:
Quiero saber. Necesito que me expliques cómo mi hija entró en el mundo de la droga... Supongo que fué un plan para enloquecerla y así poder apropiarte de todo, pero quiero oírtelo decir a tí. ¡Necesito mirarte a los ojos, y oír cómo respondes a mis preguntas: Tú y yo, solos, sin armas y sin esos amigos con los que planeaste entrar en mi casa. Necesito que me expliques, tu satisfacción personal, al destrozar para siempre a una chica indefensa y muy vulnerable, enloqueciéndola y trastornando su personalidad, tal vez para siempre, y dejarla tirada en la calle después de apropiarte de todo. Es eso lo que quiero que me expliques y, créeme, no pararé hasta no tenerte frente a mí, y oirtelo explicar. Lo demás, aunque importante, tiene menos importancia en mi forma de ser y de sentir.
Siempre has huido, yo no. Sigo en la misma dirección de siempre; y no he dejado de perseguirte, con la verdad en la mano como única arma, y lo seguiré haciendo hasta que me expliques cuánto no sabes o no te atreves a explicar.
Sé cuánto has intentado razonar para librarte de toda responsabilidad, pero tú y yo sabemos que mientes ¡Quien no tiene nada que esconder, no tiene que huir...! Puedes intentar deformar las verdades, pero jamás las conciencias. Puedes esconderte, pero la verdad te perseguirá porque es mía y real... ¡Puedes esconderte en el silencio esperando que todo caduque, pero muchos como yo, no aceptamos la caducidad de los delitos cuando existieron y destrozaron una vida. Me estoy refiriendo a la de mi hija, y por ser de ella, a pesar de los pesares, no caduca en el registro de mi mente y corazón.
Sigo esperando esa explicación, hasta entonces, "buen hombre", no te mueras para no tener que perseguirte más allá de la vida.
Nada

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